martes, octubre 17, 2006


Camino en una vía alterna a la calle principal. Los señalamientos se confunden y giran el sentido indicando al inframundo. Los semáforos se estancan en una luz descolorida que no me dice nada. Los gatos caminan boca abajo por los cables y una que otra paloma picotea las plantas de mis pies. La ruta se fastidia de planicies y se expande en caireles que terminan siempre en el mismo punto. Al lado derecho, en la calle principal, contemplo a las familias de duendes cantando villancicos en octubre, besándose los cayos unos a otros.
Al lado izquierdo la calle de los muertos.
Mi calle no tiene nombre, nadie parece notarla, nadie cree que exista. Mi calle es mía porque nadie la sufre, porque nadie se duele y se goza en ella. Mi calle es sólo mía, y un día de estos, en mi calle se tenderá mi cuerpo a esperar que los cuervos lo decoren de rojo.