Toda mi vida estuve corriendo. Mientras corría, soñaba con el momento en que la carrera cesaría y me diera un poco de quietud para fumarme un cigarrillo, ver una película y contar las arañas del techo.
Un día crucé la línea de meta; la cinta del final quedó adherida a mi cintura, me dieron flores, me dieron besos.
Ahora que me he fumado suficientes cigarros como para hacer inevitable el encanceramiento de mi pecho; ahora que he visto cientos de veces la trilogía de "Indiana Jones" y todas las arañas del techo tienen hasta nombre, ahora, cómo quisiera volver a correr. Mis piernas se sienten laxas, exhaustas de quietud, incapaces de emprender un rumbo distinto al sabido y resabido hasta lo absurdo. Ahora, simplemente, no sé qué hacer con mi vida y con la inmensa cantidad de tiempo que se me escurre tan presurosa e infructíferamente.
martes, octubre 31, 2006
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