Hoy por la mañana, al quitarme la sábana de encima y peinarme el cabito de la cuerda que traigo atada al cuello (por si se necesitara), obtuve una certeza. Hacía tiempo que no recibía un pensamiento clarificador, una respuesta a mi maraña de incógnitas: Soy atea de la felicidad.
Entré al cuarto de baño, me miré desnuda frente al espejo, y vi en el rostro de enfrente la mirada más honda y larga que jamás me había dirigido. La niña triste con cara de espejo despegó los labios y repitió: la felicidad no existe....y yo me lo creí.
El baúl de los recuerdos está a punto de reventar, conteniendo en sus maderas polvosas la innumerable cantidad de cadáveres de sueños y metas que, alguna vez, pensé posibles. Y ahora, necesito hacer espacio para mi propio cadáver.
lunes, mayo 21, 2007
lunes, mayo 14, 2007
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