martes, abril 22, 2008

La fragilidad del ser

La muerte de un ser allegado a nosotros nos da la pauta de reflexionar acerca de la propia fragilidad, de la predestinación ineludible a dejar de existir con que nacimos marcados. En la vida hay situaciones de las que podemos escapar por esfuerzo propio, estrategia, a veces suerte, sin embargo, no hay manera de escapar a la inexistencia.
Dejando de lado los hipotéticos consuelos de "la vida después de la muerte" y todos aquellos asuntos incomprobables y basándonos sólo en aquello que justifica la experiencia de lo conocido, nos queda únicamente la sentencia de que algún día vamos a morir. No hay manera de evitarlo, por más que trabajemos, por más "buenos" que seamos, por más humanitarios, honestos y todo lo virtuosos que sea posible, un día, incierto por completo, vamos a morir y nuestro cuerpo quedará inamovible y nuestra mente quedará suspensa con todas nuestras ideas, deseos, pasiones y odios.
Todos sabemos de la muerte, pero resulta casi imposible asimilar, a fondo, esa realidad inevitable. ¿Cómo ser capaces de asimilar la inexistencia si nuestra conciencia únicamente ha conocido la existencia?
En fin, cosas que escapan a las aristas de nuestro raciocinio, que sabemos ineludibles pero que, en el fondo, seguimos guardando una absurda esperanza de que a nosotros no nos tocará afrontar. La parte "piadosa" de todo esto, es que la muerte es tan instantánea (aún después de una larga agonía, la muerte en sí es cosa de un fragmento de segundo), y sin saberlo estaremos muertos. Bien dicen: ojos que no ven, corazón que no siente.
La materia del ser humano es tan frágil y tan perecedera como la de cualquier vegetal o cualquier bestia... ¿con qué argumento, entonces, actuamos como especie de "dioses" frente a las demás criaturas vivientes, exaltando un dominio, opresión y abuso de todo lo existente en el planeta? Eso, de verdad, me ratifica la idea de lo errados que estamos como especie.